"Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo… tal es el comienzo de la escritura." Roland Barthes — Fragmentos de un discurso amoroso
En nuestra vida habremos escuchado muchas veces que "el amor es ciego". O quizás esa frase de Lacan, algo enigmática, que dice que amar es "dar lo que no se tiene a quien no lo es". Suena a trabalenguas, pero toca un nervio muy preciso: buscamos en el otro algo que nos complete, y siempre terminamos chocando con una pared.
Este trabajo nace de una investigación sobre cómo el psicoanálisis entiende la eficacia terapéutica. ¿Para qué sirve analizarse? ¿Nos ayuda a amar mejor? Freud ya señalaba que la neurosis obstaculiza la capacidad de amar y que el análisis debería ayudarnos a recuperarla. Pero la pregunta que queda abierta es: ¿qué significa, desde una perspectiva psicoanalítica, "amar bien"?
Pensar el amor en psicoanálisis no es trivial. Para Freud y para Lacan, el amor no es un término meramente descriptivo: tiene el estatuto de concepto. En Lacan, además, la rigurosidad conceptual está directamente ligada a la eficacia en la práctica. No es ornamento teórico; es orientación clínica.
Todo análisis comienza con la transferencia. Así lo indica Freud en 1915: la transferencia es un amor tan legítimo como cualquier otro. Cuando alguien inicia un proceso analítico, coloca al analista en un lugar particular: el de sujeto supuesto al saber. Se le supone que tiene "la posta" sobre el propio sufrimiento, que sabe qué nos pasa. Ese es el primer amor de la transferencia: un amor dirigido al saber.
Desde la perspectiva imaginaria, este amor funciona como un velo: el espejo devuelve una imagen de completud que oculta la prematuración estructural del ser humano. El amor narcisista sostiene la ilusión de hacerse Uno con el Otro, borrando el desencuentro que lo simbólico introduce irreversiblemente.
Desde lo simbólico, el amor aparece articulado a rasgos significantes y se sostiene en el fantasma, que le da argumento a la ficción de la relación sexual. "Dar lo que no se tiene", el falo, como estrategia frente a la castración.
Lacan no habla del amor en abstracto. Lo enmarca en coordenadas históricas precisas que han cristalizado, en la cultura occidental, distintos modos de relacionarse con él. Lejos de ser contingentes, estas formas revelan estructuraciones lógicas que funcionan como indicadores clínicos: orientan la posición del analista y permiten leer diferentes momentos del proceso.
Estos cuatro modos no son sucesiones históricas sino posiciones lógicas. Sus huellas, señala Lacan, son "totalmente concretas" en la vida sentimental contemporánea. El analista que puede leerlas tiene una brújula para orientarse en la cura.
En el análisis, la estructura del sujeto supuesto saber conduce, librada a sí misma, al análisis interminable. Para que algo termine, se hace necesaria otra posición para el analista: no ya la de causar el deseo, sino la de hacer surgir la contingencia en su función de suplencia.
En el Seminario XI, Lacan señala algo llamativo: el amor reaparece exactamente en el lugar donde habla del deseo del analista. Dice que el amor "sólo puede plantearse ahí donde, en primer lugar, renuncia a su objeto", y luego describe la aparición posible de "una significación de un amor sin límites, ya que está fuera de los límites de la ley".
Un amor sin límites porque está por fuera de los límites del significante. No el amor necesario que sostiene la excepción fálica, sino uno sometido a la contingencia y el azar. En el trayecto de un análisis puede situarse, al inicio, el amor necesario. Luego vendrá el tiempo del falo como contingente: el único saber que se decanta en un análisis es que no-todo puede saberse.
El analista que atravesó su propio análisis sabe, a diferencia del neurótico, que su ser no está en el objeto a del fantasma; que no todo es significante, y que el significante que le diría lo que él es no existe. De esto se trata la destitución subjetiva. Sabe que "el ser no es más que un hecho de dicho" (Lacan, Sem. 20). Por eso está en posición de hacer lo que es justo hacer: sostener el vacío para que el analizante descubra su propio deseo.
El psicoanálisis no promete un amor sin conflicto ni sin pérdida. Lo que propone es algo más interesante: un desplazamiento en la relación con la falta. Pasar de un amor que busca completarse, que intenta desesperadamente hacer cesar lo que no cesa de no escribirse, a un amor que puede convivir con esa imposibilidad estructural.
Amar por contingencia es aceptar el azar. Que alguien "cese de no escribirse" en nuestra vida no es garantía de eternidad: es la fuerza de lo que ocurre ahora, sin la coartada de que "estaba escrito". La contingencia es inquietante, difícil de tolerar; tiende a deslizarse hacia lo necesario. Se quisiera que el amor fuera eterno. Pero ese deslizamiento es precisamente lo que el análisis puede cuestionar.
Un análisis no cura las penas del amor. Pero puede transformar profundamente la relación de cada uno con su modo de amar.
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